Con el tiempo y la experiencia, Marc Webb ha aprendido a hacerle justicia al Trepamuros.
Por YAGO GARCÍA

Amazing-Spider-Man-2-new-poster1La situación es conocida de sobra por cualquiera que haya preparado un viaje largo, padecido un curro de esos en los que estás pensando (¡hola, freelances!) o, suponemos, planeado los prolegómenos de una saga de superhéroes: uno comienza encarando sus tareas de una forma pausada, incluso parsimoniosa, y cuando se acerca la fecha límite descubre que todavía le quedan toneladas de asuntos pendientes. La respuesta a semejante situación suele ser una premura bestial, homicida, cuyos resultados acaban siendo desastrosos salvo que anden de por medio una conjunción astral favorable o una rara chispa de inspiración. No sabemos cuál de estos dos últimos factores habrá intervenido en The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro, pero el caso es que esta segunda (quinta, en realidad) aventura de nuestro querido amigo y vecino resulta un filme por encima de lo potable.

Parece que a la segunda ha ido la vencida, y que Marc Webb ha conseguido poner sus telarañas en orden librándose de los principales defectos de The Amazing Spider-Man. Sin ir más lejos, la subtrama centrada en los padres de Peter Parker ha dejado de parecer un pegote, e incluso da pie a una escena de acción muy currada nada más comenzar la película. Y, sobre todo, ha desaparecido ese miedo a la payasada por cuya culpa el filme de 2012 padecía de un lastimoso déficit de humor: la primera intervención del arácnido basta para demostrar que este filme sí aprovecha como corresponde tanto el abundante talento cómico de Andrew Garfield como las posibilidades del Trepamuros para el jolgorio slapstick, merced a la treta de emparejar ambos factores con un Paul Giamatti supremo. Ahora bien: el sentido arácnido sigue apareciendo en forma de tiempo-bala. No se puede tener todo.

Olvidemos el detallismo friki, eso sí, para señalar que la mayor virtud de El poder de Electro está en esa forma de equilibrar el ying de la payasada con el yang de la angustia juvenil. Una angustia que, en este caso, llega a cotas muy altas. ¿Y el mayor defecto de la película? Pues el propio Electro, todo él: da igual que Jamie Foxx se curre el papel, porque su entrega acaba resultando en histrionismo, y también da igual que el guión se valga de esa artimaña tan ochentera consistente en tomar a un pringao y convertirle en pesadilla, poderes destructivos mediante. Después de ver a ese Lagarto tan desafortunado de la primera (¿o era cuarta?) entrega, uno andaba harto ya de monstruos trágicos y esperaba ver aquí a un villano en plena posesión de su hijoputez, sin coartadas psicoanalíticas. Esa expectativa no se ha cumplido.

El apartado “no está mal, pero…” lo ocupa casi por completo lo referido a Oscorp y sus cosas. Las malignidades empresariales están bien aprovechadas, es cierto, amén de que Dane DeHaan (el intérprete del joven Harry) y Andrew Garfield tienen tanta química que, más que amigos de infancia, a veces parecen otra cosa: habrá que ver qué partido le sacan a esto en Tumblr. Pero es en este punto donde más se notan las prisas, porque semejante piedra angular en la leyenda de Peter Parker se merecía algo más que un apelotonamiento de giros de guión a última hora. Un apelotonamiento tal, de hecho, que uno acabó echando de menos en ocasiones a Willem Dafoe, y también a James Franco. Dios, jamás pensé que algún día escribiría esto.

En todo caso, quienes nos llevamos una supina decepción con The Amazing Spider-Man podemos respirar tranquilos: el hecho de que el personaje siga manteniéndose al margen de un Marvel Cinematic Universe cada vez más cohesionado (da palo pensar qué podría haber hecho Whedon con todo este material, ¿verdad?), la aventura resulta estimulante, adrenalínica y a veces hasta poética. Sólo cabe esperar que sus virtudes no acaben haciendo de lenitivo para futuros estrenos con muy mala pinta, que preferimos no mencionar aquí. Y también que la próxima entrega del serial no incluya clones.

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