Yo, la verdad, es que no sé muy bien qué decir.
Por Javier Marquina.

 Hay guionistas que siempre me hacen desear conocer a su camello. Sea lo que sea que fumen, chupen o coman, consigue que vean y piensen unas cosas dignas de chamán indio hasta arriba de peyote mexicano. Y cuando digo hasta arriba, digo hasta lo más alto de algún rascacielos malayo de estructura imposible. Delirante se queda muy corto.

Peter Milligan pertenece a esta clase de alucinados que de vez en cuando dan con la tecla de la genialidad en medio de sus visiones. Lo rozó con Shade, El hombre cambiante y lo consiguió de forma completa con su etapa en X-Force, más tarde reconvertida en los muy añorados X-Statix, una de esas colecciones que todos recordamos con una sonrisa y que siempre surge cuando se habla de lo mejor que ha salido de la Marvel durante este convulso siglo XXI. Dentro de aquella serie extraña, imposible y divertida llena de personajes que carecían de sentido pero molaban como estrellas de cine, el tipo más raro del barrio, el que se llevaba la palma, era, sin duda, Doop.

Mezcla de boniato pasado, fantasma cinematográfico célebre y habichuela mágica con ojos saltones, Doop era un completo enigma que se dedicaba a grabar las andanzas del grupo mutante más extraño que jamás haya existido, sin que nunca quedara muy claro si era mutante, persona, cosa o un grumo de ese moho que habita en  mi nevera traído a la vida como un Pinocho demente. Tampoco importaba demasiado, porque Doop encajaba a la perfección con el tono de la serie y su presencia superflua, inexplicable y absurda hacia que todo tuviera la coherencia improbable de los sueños febriles. Se notaba que Milligan sentía un gran cariño por este personaje creado al alimón por él y por mi adorado Mike Allred, así que era cuestión de tiempo que volviera a escribir sus aventuras, sobre todo teniendo en cuenta que Jason Aaron lo había vuelto a en el candelero con la colección Lobezno y  La Patrulla X.

Me había hecho el firme propósito de jugármela y tratar de hacer un pequeño esbozo del argumento de la serie pero, entre que hace años que no leo casi nada de lo que se hace actualmente con los mutantes, que la serie está integrada plenamente (y a su manera) en el evento La Batalla del Átomo y que tiene ese particular y críptico estilo que tantas veces caracteriza a Milligan, creo que no voy lo suficientemente borracho como para hacerlo. Puedo decir que hay referencias al cine de Ingmar Bergman, a la psicología analítica de Jung y a los pelos del sobaco; hay hermafroditas, realidades paralelas, viajes por los márgenes, sangre, hielo y borracheras a base de limonada. ¿Hay historia? Lo dudo y, si la hay, yo no la he visto. Todo es demasiado difuso, demasiado débil y demasiado borroso, como esa radiación de fondo que no puede apreciar pero que acaba criando un tumor del tamaño de un pomelo en tu cerebro. Tanto desfase no puede ser neuronalmente saludable, os lo aseguro. Es como una de esas fiestas hippies ibicencas que se te van de las manos y te convierten en un peludo trasnochado que vaga eternamente por la isla haciendo collares de mariposas y soltando chorradas tántricas. Uno de esos malos viajes que al principio empiezan como una deliciosa sinfonía de color y acaban con tu cabeza en un cubo de basura emulando a un surtidor de desechos tóxicos.

Del dibujo de esta estrambótica, estrafalaria y fallida miniserie se encarga David Lafuente, excelente dibujante asturiano del que recuerdo con especial cariño sus números en Ultimate Spiderman, y que aquí intercala páginas estupendas de delirio sublimado con otras que parecen dibujadas por unas manos que son suyas, cual Orlac desatado. (Oye, que si Milligan puede hacer referencias chulas que no pintan  nada pero que le hacen parecer superguay, yo también quiero). Se lo perdono todo porque el dibujo es, a una distancia abismal, lo mejor del tomo publicado por Panini en España, uniendo un tono muy adecuado de dibujo animado a dobles páginas realmente espectaculares. Eso y las tetas de la madre de Doop, que deambula por la trama como una rastafari satánica de labios de fresa.

Al final, Doop es uno de esos libros que te descolocan tanto que, al cerrarlos, no sabes muy bien dónde te han dejado. Te hacen viajar pero no sabes muy bien hacia qué lugar y, cuando llegas allí, no estás en ninguna parte porque no han sabido cómo moverte de tu sitio. Agitarte, puede. Trasladarte, ni de coña. Doop es como el líquido en medio de una gastroenteritis furiosa: recorre tu cuerpo sin apenas rozarte. No obstante, he de reconocer que este cómic es bonito. Y brilla. Y te hace sonreír. Y te engaña porque te gastas tu dinero en él. Como tantas drogas con las mismas cualidades. Ésta es más barata, eso sí, y no tan perjudicial para tus conexiones neuronales. Al menos que se sepa…

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