Si pensabas que la Casa de las Ideas podía generar más blockbusters de autor, olvídalo: la marcha de Edgar Wright se anuncia como detonante de un cataclismo creativo. Por Yago García

Dicen que, en sus orígenes, Marvel era el lugar donde se reunía la escoria. Una editorial pequeña, que había evitado la quiebra por puro milagro, y donde se hacinaban sujetos de los cuales su Distinguida Competencia directamente se carcajeaba. Por supuesto, todos sabemos lo que pasó después: a base de tesón, trapacería y talento en crudo, aquellos tipos sentaron las bases de todo un mundo, que a estas alturas también nos pertenece a nosotros. Durante sus mejores épocas, la Casa de las Ideas fue un páramo habitado por renegados de la industria, primero, y por hippies más cargados de ácido que un saco de limones, después. De ahí, suponemos, el afán de épica, la maravillosa carencia de amaneramiento, la ausencia de temor ante los espectros de la bufonada o de la locura.

Como suele pasar, esa magia primordial fue extinguiéndose conforme la compañía fue adquiriendo tonelaje. Y, según se sabe también, no hay ningún error tan estúpido como para que alguien deje de cometerlo dos veces: la indignante historia de Edgar Wright como director de Ant-Man, así como la fuga de Drew Goddard (ahí la llevas, chaval: de Daredevil y Netflix a Los Seis Siniestros y Sony) nos demuestran que Marvel Studios va camino de incurrir en la misma iniquidad que su mamá de las viñetas. Pero aún queda la esperanza de que los culpables no se vayan de rositas, porque, si uno mira cierta foto de Joss Whedon con el detector de metáforas puesto, en el papel que envuelve su cucurucho de helado no figura la habitual lista de ingredientes repleta de letras “E” y grasas polisaturadas. En su lugar se lee una advertencia muy seria: tal vez el valor de un producto artístico se cifre en dólares, o en euros, pero su calidad se fragua en los cerebros de quienes lo hacen.

¿Te imaginas, lector, que uno de los mejores directores vivos de cine fantástico quisiera ponerse a tus órdenes? ¿Y que, simultáneamente, te vieras con un rollizo libro de cheques en la mano? Seguramente, tu primera reacción sería comenzar a firmar talones en blanco, confiando en que éstos sirvieran de sustrato a una obra maestra. Y, aunque Marvel no tiene nada de mecenas generoso, ni lo ha tenido nunca, algunas de sus producciones recientes hacían sospechar que una micra de respeto al espectador habitaba aún en los cerebros de sus directivos. ¡Rescatar a Shane Black, cielo santo! ¡Financiarle un largometraje al mismísimo Joss Whedon! Y también: ¡mantener en nómina al director de Zombies Party durante ocho años, dándole manga ancha en su versión de un personaje poco popular! Pero ya lo cantaban los Chunguitos: “son ilusiones”. O, hasta ahora, lo habían sido.

Usamos el tiempo pasado, porque (aun sin conocer en qué circunstancias Wright ha decidido pirarse) los señores de Marvel parecen estar olvidando, no ya un espíritu aventurero del cual siempre habrán carecido, sino un detalle que apunta justo donde podría dolerles más: en las gráficas de beneficios. ¿Han sido éxitos las dos entregas de Capitán América? Pues sí. ¿Reventó taquillas Los Vengadores? También, y cómo. ¿Y qué hay de Iron Man 3? Ahí están las cifras. ¿Tienen algo en común cuatro películas? Desde luego: en todas ellas era discernible eso que se llama “sello autoral”. En el caso del Capi, sin ir más lejos, Joe Johnston se dejó llevar por la misma fantasía que dio lugar a Rocketeer, mientras que los hermanos Russo rodaron un filme de espías con el espíritu de una sitcom y el pulso de un videojuego. En general, todas esas cintas resultaban mejores (y más taquilleras) conforme usaban las reglas del blockbuster como una plastilina que moldear, en vez de como un cemento que las hubiera sepultado en vida.

La historia, esa vieja enemiga de los departamentos de marketing, nos proporciona otra intuición: el público de palomitas y multisala no siempre reacciona como un estúpido. Y, cuanta mayor es su especialización, más puñetero se muestra. Ahí está esa Iron Man 2 que recaudó menos que su predecesora, o (cambiando de acera, y poniendo el dedo en la llaga) ahí está Green Lantern. Aunque la película de turno se lleve el oro y el moro en su primer fin de semana, aunque amase los suficientes millones como para lanzar mil comunicados de prensa, lo que realmente le interesa a los ejecutivos es despertar expectación, ganar un fandom y crear franquicias que funcionen como fuentes estables de ingresos. Algo difícil de lograr cuando de la dirección se encarga un mercenario, en lugar de un fan con amor a sus materiales, buena mano con la cámara y entusiasmo contagioso.

Joss-Whedon

Al parecer, ese mismo señor que ahora sostiene un cornetto con expresión triste logró contagiar dicha euforia entre su personal cuando rodó Los Vengadores. Scarlett Johansson, sin ir más lejos, ha hablado del amigo Joss en términos que dejarían a más de uno en busca de unos calzoncillos limpios. Esa euforia, o al menos esas ganas de hacer las cosas bien, se hacen notar en la película y, queríamos pensar nosotros, también se hacía notar en Marvel Studios. Triste ver que no es así, porque en algunos fotogramas con el sello Marvel (tampoco demasiados, no exageremos) se había atisbado algo de la magia de un Kirby, un Roy Thomas, un Starlin o un Claremont. Quizá Hollywood sea, a estas alturas, un espacio demasiado yermo como para recuperar esa disposición a la chapuza gloriosa y el acierto catedralicio. Pero, si esto es así, y todo apunta a que lo es, no está de más despedirse con una última advertencia.

Porque, ¿a dónde irá Edgar Wright ahora que Marvel y él han partido peras? Pues a esa Inglaterra a la que ama y detesta, para seguir adelante con su filmografía. Le acompañará el guionista Joe Cornish, cuyos considerables talentos en la dirección (véase Attack the Block) podría haber aprovechado el estudio en un futuro. Si los Russo optaran por despedirse, tampoco estarán despidiéndose de sus carreras, que digamos. Y en cuanto a Whedon, dejémoslo en que nos ha probado muchas veces que tanto le da una superproducción como una serie online o una película rodada en el mismísimo salón de su casa. Que tus obreros tengan ideas propias, es lo que tiene: algún día puede darles por pensar que a lo mejor no te necesitan tanto como tú a ellos.

A modo de resumen, ¿sabéis lo que nosotros leemos en los labios de ese Joss Whedon helado en ristre? “Si sobreviví a Fox, sobreviviré a esto. Estáis avisados”.

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