Y por fin, como en un sueño en el que volaba, aquel cómic brillaba en mis manos…
Por Javier Marquina

La sensación de conseguir una quimera, un imposible, de ver por fin materializado un deseo que te ha acompañado durante muchos años, es a la vez gratificante y devastadora. A veces, es como volver a ver una de esas series que marcaron tu infancia y descubrir que los años no han tratado demasiado bien a ese amigo que tu creías inmortal e invencible. Es como ver El Gran Héroe Americano con una mueca de vergüenza ajena y disgusto, pero con el recuerdo brillante de todos los buenos momento que aquella obra tan kitsch te hico pasar cuando era un crío.

Quería escribir sobre Miracleman desde el recuerdo. Temía que al releerlo, se me derrumbara aquella idea de perfección y terror que guardaba desde que lo leí en la pantalla de mi ordenador, descargado en PDFs cutres en páginas piratas rusas. Pero claro, cuando pude al fin comprar el primer tomo de la estupenda (y llena de curiosidades, artículos y extras) reedición que Panini está haciendo de esta mítica colección a partir de la versión que la propia Marvel publicó al hacerse (al fin) con los derechos de la obra, me ha sido imposible no abrir el precioso tomo y releer uno de los cómics más deseados de la historia.

Y las sensaciones han sido, cuando menos, curiosas.

Miracleman se convirtió en un cómic mítico por múltiples razones. Para mí, una de las más importantes es, sin duda, la cantidad de años en los que no pudo ser reeditada por los diversos problemas legales derivados de la propiedad de sus derechos. Aquellos números en grapa que circulaban en la red, brillantes, viejos, casi místicos, se convirtieron en un preciado tesoro que muchos perseguíamos por eBay, especialmente el número 15, único cómic-book de 22 páginas y papel de mierda por el que realmente llegué a plantearme pagar más de 150€. Además, Miracleman es uno de esos cómics con los que el guionista más influyente de todos los tiempos, el guionista original (es así como consta en la presente reedición), Mister Alan Moore en persona, reformó el concepto de superhéroe, estableciendo una cimientos, unos estándares por los que aún se sigue arrastrando la mayoría de lo que se escribe en la actualidad. No es casualidad que se empiece citando a Nietzsche, ni que en el primer arco Moore se dedique a recrear el origen del héroe para darle un enfoque totalmente diferente, algo que a muchos les recordará el inicio de su etapa en La Cosa del Pantano. No es casualidad que desde las primeras páginas se respire un halo de terror de profundo desasosiego cada vez que el personaje de Kid Miracleman aparece, una sensación que explotará en uno de los números que más me ha impresionado en mi vida, el citado, deseado y mítico número 15. No es casualidad que todo huela a lo que Moore se empeño en consolidar en futuras obras superheroicas ( o al menos relacionadas con las dos grandes editoriales) como la ya citada Cosa del Pantano y la a menudo injustamente olvidada excepcional etapa en El Capitan Britania, etapa paralela en el tiempo a este Miracleman y con evidentes y geniales parecidos.

Miracleman es un clásico. Una obra maestra. Una de la piedras de refundación sobre la que se asentó la maravillosa etapa de superhéroes de los 80. Una de esas Biblias que todo aficionado debe tener y venerar en una de esas vitrinas blindadas e inexpugnables de su estantería.

Y sin embargo…

Creo que los nuevos lectores que se acerquen a Miracleman desde los cómics de superhéroes tradicionales, me achacaran lo pomposo y florido de la mayoría de los textos de apoyo. De esa poesía a veces un poco forzada con la que Moore trata de contrastar la narración de lo heroico con lo soez del lenguaje de los vulgares humanos. Quizá alguien podrá no apreciar el sensacional dibujo de Garry Leach o los quizá demasiado inmaduros primeros trazos de ese futuro titán de los cómics que se llama Alan Davis. A lo mejor todo parece demasiado precipitado, ligero y extraño en este primer tomo de la historia, al lo que yo puedo responder que sí, que igual tienen razón. Pero es que he decidido escribir desde la memoria, así que lo único que puedo decirles a todos es que esperen, que sigan leyendo, que aguanten, que lleguen a completar los números que conformaron la etapa de Moore. Que los vuelvan a leer como un todo y, cuando caben, que vuelvan a pensar en todas esas cosas que creyeron al principio. Yo aun recuerdo la sensación, el horror, el magistral trazo de las cosas que están por venir, ese martilleo al pasar por cada viñeta que te dice que estás ante un clásico inmortal, ante uno de los mejores cómics de superhéroes de la historia. Y esta vez, sé que mi memoria no me traiciona. Que la sensación no tendrá nada que ver al comprobar que aquellos episodios de Mazinger Z que mi yo infantil recordaba como lo mejor hecho jamás en una televisión, tiene una animación horrenda y un doblaje espantoso. Esta vez sé que el recuerdo estará a la altura de la relectura. Que todo será maravilloso.

Esta vez no voy a hablar de lo que Gaiman hizo (o trató de hacer, ya que la serie fue prematuramente cancelada) cuando continuó la colección. Ni siquiera voy a opinar demasiado de ese número especial que se prepara para la Nochevieja de este año en el que Grant Morrison, sí, ese mismo Grant Morrison famoso por sus enfrentamientos con el propio Moore, ese Grant Morrison capaz de lo mejor y de lo peor, ese Grant Morrison del que espero una breve genialidad de esas que le salen cuando se siente inspirado de verdad, va a dar su versión del personaje. Sólo espero que Marvel, monstruo industrial que lo devora todo por un puñado de dólares, comprenda que tiene un mito entre manos. Una espectacular máquina de hacer dinero alimentada por ese deseo incomprensible de lo místico y de lo casi imposible de conseguir que ha poseído a los fans durante lustros, y respete una obra genial, espectacular, apabullante, una obra que debe permanecer por siempre iluminando nuestros recuerdos.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @Iron__Mon